El fin de semana largo de Pascuas me fuí con mis chicas a Buenos Aires. Y debo confesar que cada vez que voy ingreso a una especie de realidad paralela. Ya me pasó cuando estuve casi dos semanas en marzo editando y me pasaba constantemente durante los 8 años que viví en la gran ciudad. Veo cosas: imágenes, flashes, pequeñas historias contadas por gente común frente a mis ojos. Una vez, por ejemplo, ví en el tren como una señora muy fea, sentada al lado de una ventanilla, sacó su kit de maquillaje y al terminar los quince minutos del viaje, se había convertido en alguien completamente distinto. Además, hay que tener en cuenta que hizo todo su proceso de embellecimiento con el vagón repleto de gente. Bueno, en mi último viaje pasó algo parecido. Esto de vivir un cortometraje en vivo y en directo. Pero esta vez con alguien muy cercano a mí. Ya me lo veía venir, no sé explicarlo. Pero Merce, mi hija de 3 años, se estaba perfilando para el porrazo descomunal: estábamos todos en la cocina, c...