Una crítica
Se estrenó “Todos los días un poco”
Toda la expectativa generada a lo largo del año con este proyecto explotó finalmente este último sábado en el Cine Español.
La película, que se grabó íntegramente en la ciudad, con la participación de actores y técnicos de la región, es, como siempre fue anunciada, una comedia romántica.
Desde el vamos, tuvo a favor la respuesta del público. En un fin de semana repleto de casamientos, cumpleaños, muestras y mal tiempo, ni las mejores predicciones hubiesen indicado una respuesta de los ciudadanos tan importante: el cine estaba colmado.
Con la presencia de su protagonista masculino, Guillermo Pfening y el resto del elenco en la sala, finalmente las imágenes y los sonidos de “Todos los días un poco” salieron a la luz en pantalla grande.
El relato narra, en paralelo, las historias de Eduardo (Guillermo Pfening) y Virginia (Carla Pandolfi). Él, carga sobre sus hombros una relación de 11 años con Verónica, su novia eterna y desesperada encarnada con crudeza y mucho realismo por Maricel Di Genno. Un personaje difícil que lentamente ve como su realidad y su futuro se desmoronan de a poquito.
Ella, en cambio, está completamente insatisfecha y transita sus días sin un rumbo fijo. No sabe lo que quiere.
Y en el medio, sus vidas comienzan a cruzarse, predestinados desde la infancia a un encuentro que estará asegurado.
Hay una marcada diferenciación entre casi toda la primera hora del relato, en donde, como pinceladas, los vemos a los personajes ir resolviendo sus vidas. En donde la apatía de Eduardo está en directa relación con su realidad, contada inclusive con pocos sonidos y colores opacos. Y en donde la frescura de Virginia invita a que, en algún momento, algo bueno va a pasarle.
La segunda parte, más luminosa, sonora y divertida, permite que la historia se resuelva de manera natural y en el tiempo justo.
Lo que la historia no resuelve es que pasa con ellos una vez que se encuentran.
Cierta monotonía en el ritmo de la historia se resuelve a través de golpecitos de humor y recursos efectivos: la buena química de los protagonistas, las chicanas a Eduardo rayanas con lo irónico de su mejor amigo (como es usual, un efectivo Lalo Marcantonio), el método chino para doblar remeras, los hermosos flashbacks, el concurso de Susana Giménez, la risa del novio (¿?) de Virginia, la buena musicalización, el cartelito en la ventana y por sobre todo, los apuntes sumamente graciosos del personaje más consciente de la historia que se está contando, casi como un espectador metido en la película. Este rico personaje está encarnado por quien, para muchos, fue la revelación actoral de la película: Romina Parisi. Una joven actriz que por primera vez actuó delante de una cámara.
Más allá de ciertas limitaciones técnicas, pero con un elenco muy parejo, la película dejó una buena impresión y una sensación agradable en el espectador.
Toda la expectativa generada a lo largo del año con este proyecto explotó finalmente este último sábado en el Cine Español.
La película, que se grabó íntegramente en la ciudad, con la participación de actores y técnicos de la región, es, como siempre fue anunciada, una comedia romántica.
Desde el vamos, tuvo a favor la respuesta del público. En un fin de semana repleto de casamientos, cumpleaños, muestras y mal tiempo, ni las mejores predicciones hubiesen indicado una respuesta de los ciudadanos tan importante: el cine estaba colmado.
Con la presencia de su protagonista masculino, Guillermo Pfening y el resto del elenco en la sala, finalmente las imágenes y los sonidos de “Todos los días un poco” salieron a la luz en pantalla grande.
El relato narra, en paralelo, las historias de Eduardo (Guillermo Pfening) y Virginia (Carla Pandolfi). Él, carga sobre sus hombros una relación de 11 años con Verónica, su novia eterna y desesperada encarnada con crudeza y mucho realismo por Maricel Di Genno. Un personaje difícil que lentamente ve como su realidad y su futuro se desmoronan de a poquito.
Ella, en cambio, está completamente insatisfecha y transita sus días sin un rumbo fijo. No sabe lo que quiere.
Y en el medio, sus vidas comienzan a cruzarse, predestinados desde la infancia a un encuentro que estará asegurado.
Hay una marcada diferenciación entre casi toda la primera hora del relato, en donde, como pinceladas, los vemos a los personajes ir resolviendo sus vidas. En donde la apatía de Eduardo está en directa relación con su realidad, contada inclusive con pocos sonidos y colores opacos. Y en donde la frescura de Virginia invita a que, en algún momento, algo bueno va a pasarle.
La segunda parte, más luminosa, sonora y divertida, permite que la historia se resuelva de manera natural y en el tiempo justo.
Lo que la historia no resuelve es que pasa con ellos una vez que se encuentran.
Cierta monotonía en el ritmo de la historia se resuelve a través de golpecitos de humor y recursos efectivos: la buena química de los protagonistas, las chicanas a Eduardo rayanas con lo irónico de su mejor amigo (como es usual, un efectivo Lalo Marcantonio), el método chino para doblar remeras, los hermosos flashbacks, el concurso de Susana Giménez, la risa del novio (¿?) de Virginia, la buena musicalización, el cartelito en la ventana y por sobre todo, los apuntes sumamente graciosos del personaje más consciente de la historia que se está contando, casi como un espectador metido en la película. Este rico personaje está encarnado por quien, para muchos, fue la revelación actoral de la película: Romina Parisi. Una joven actriz que por primera vez actuó delante de una cámara.
Más allá de ciertas limitaciones técnicas, pero con un elenco muy parejo, la película dejó una buena impresión y una sensación agradable en el espectador.
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